En 1970, descubrí mi primer ordenador: un IBM 1620. Los programas se escribían en tarjetas perforadas, por cientos.
Programábamos cálculos, a veces incluso pequeños juegos, simplemente para explorar la lógica particular de la máquina.
El 1620, una de las primeras generaciones de ordenadores compactos, cambió mi vida.
Me abrió la puerta a la comprensión de sistemas complejos y al arte de optimizar programas.
Dos recuerdos me vienen a la mente.
A nuestro alrededor, pilas de cajas llenas de tarjetas. Y si una pila caía, era el pánico: había que volver a ordenarlo todo.
Por la noche, observábamos cómo los resultados se imprimían ruidosamente en el teletipo. Este programa llevaba tres días ejecutándose.
Cortábamos la alimentación principal. Tras el ruido constante, el silencio se volvía casi tangible. Al día siguiente, bastaba con volver a encender y reiniciar el contador de programa de nuestro 1620 para que los cálculos continuaran como si nada hubiera pasado.
Hoy, con YourGlobe, el código transforma enormes flujos de datos satelitales en tiempo real en imágenes visibles. Y sigo sintiendo la misma fascinación al ver nuestro planeta cobrar vida en la pantalla.